Alicja Kulesza

Diego Alejandro Arias Alzate

2018

Año de Edición

978-958-8674-65-0

ISBN

Editorial CES

Editorial

Impreso - electrónico - audiolibro

Formato

Audiolibro

 

¡Estúpida judía! Dijo un soldado alemán al ver que Alicja dejaba caer la caja con los botones. La joven al ver su torpeza, se puso de rodillas y recogió uno a uno los botones que adornarían las chaquetas de los soldados nazis.

Alicja Kulesza tenía 17 años de edad, su belleza era única, su cabello de un deslumbrante color negro, contrastaba maravillosamente con su piel pálida. Sus mejillas alguna vez tuvieron un hermoso color rosa, hora la habían abandonado.

Ella vivía con su familia en Zielona Góra, una pequeña ciudad al occidente de Polonia; allí ayudaba a su madre en un negocio de costuras; su padre era mecánico y su hermano trabajaba en una la librería del pueblo. Un día llegaron los alemanes, quemaron todo a su paso y asesinaron a quienes se resistieron.

La madre de Alicja por evitar que se llevaran su familia, fue ahorcada en la plaza, justo frente a sus ojos. Alicja rompió en llanto y desesperación, pero su padre y hermano la obligaron a conservar la calma, esto evitó que corriera la misma suerte que su madre.

Los que sobrevivieron fueron llevados hasta la estación del ferrocarril, luego los subieron en trenes atestados de gente y fueron conducidos hasta Buchen Wald en la Alemania regida por el Führer. Al bajar del tren registraron sus nombres, les quitaron sus pertenencias, los obligaron a cambiarse la ropa; y los separaron: hombres al lado derecho, mujeres y niños al lado izquierdo.

Pasaron tres meses desde que Alicja había llegado a ese lugar, no había vuelto a ver a su hermano ni a su padre.
No sabía por qué estaba allí, nadie decía nada; los soldados la miraban con odio y los demás solo se sumían en su miseria, siempre mirando hacia el suelo, como si el hecho de mirarse unos a otros fuera el peor de los crímenes.

Un soldado despertaba a las mujeres muy temprano en la mañana, las hacía vestir y luego las conducía hasta la fábrica; allí les daba a cada una un pedazo de pan. Luego de comer, las llevaba a sus lugares de trabajo, Alicja tenía que contar y empacar botones que llegaban desde una cinta hasta sus delicadas manos; lo monótono de su labor lo hacía parecer más fácil: en menos de una hora había contado y empacado más de 1000 botones, sin embargo, sus manos se despellejaban por el constante roce con su piel y no podía parar, no podía parar, perder el tiempo era una sentencia de muerte.

Las jornadas eran largas y la comida cada vez más limitada, ya había pasado dos días desde la última vez que Alicja había comido, se sentía totalmente agotada, hasta que un día no pudo más y cayó desmayada mientras eran llevadas a la fábrica. El soldado que las conducía pasó sobre ella y continuó sin darle importancia; ella se arrastró como pudo hasta llegar a una sombra debajo de un muro, esperando descansar un poco; sentía que era su final. Un hombre, al ver su estado, se acercó hasta ella y le llevó un pedazo de pan y un poco de agua y le dijo:

-¡Levántate de ahí! Si te ven así te matarán.

Alicja se levantó torpemente.

-Por cierto, me llamo Ahrón- dijo el hombre.

-Y yo Alicia- respondió.

-¿Cuánto tiempo llevas en este lugar?- preguntó Ahrón.

-Llevo tres meses- respondió Alicja.

– Al igual que yo me sacaron de mi hogar en Barlinek ¿conoces Barlinek?-dijo
Ahrón.

Alicja negó con la cabeza.

-Es una bonita ciudad, allí vivía con mi familia, pero un día llegaron y destrozaron todo, ahora solo quedo yo en este infierno.

-Yo llegué aquí con mi padre y mi hermano, somos de Zielona, Góra, no los he vuelto a ver, aquí nadie habla, no tengo a quién preguntarle- dijo Alicja.

-Si, en este lugar no todos hablan polaco, se hace difícil sacar información y las personas desconfían. Dijo Ahrón.

-¿Los has visto? Se llaman Ian y Aleksy Kulesza.

-Lo siento no los conozco, pero averiguaré.

Ahrón vio como Alicja caminaba hacia la fábrica, esa mujer tenía algo maravilloso, su dulzura brotaba por los poros de su piel, era exquisitamente cautivante. Ahrón solo pudo observarla por varios segundos, – Si tan solo la hubiera conocido en otro lugar, en otro tiempo, en otra circunstancia, la invitaría a tomar un café, luego a cenar, luego le pediría matrimonio, luego los hijos; Ahrón suspiró al ver cómo su figura se desvanecía en la distancia, miró a su alrededor la maldad rondaban su presente y la incertidumbre su futuro.

Durante los siguientes días, Alicja no dejó de pensar en Ahrón, la forma en la que él la hacía sentir era algo reconfortante, sus ojos adornaban perfectamente su rostro varonil. Ella no tardó darse cuenta que su sentimiento era mucho más que un simple agradecimiento, era una profunda y mística sensación de bienestar.

Ahrón trabajaba, como la mayoría de los hombres de ese lugar, en las vías ferroviarias. A diferencia de las mujeres, ellos recibían dos porciones de alimentos por día para resistir el duro trabajo que les imponían, las mujeres eran alimentadas día por medio, o a veces pasaban sin comer varios días; ellas no eran indispensables para los planes nazis, así que las más fuertes podían vivir unos días más, para luego sucumbir por el agotamiento. Alicja soportó durante mucho tiempo, gracias a que Ahrón compartía su alimento con ella, ambos se encontraban por breves momentos, era una sensación era agridulce. Ahrón nunca pudo darle noticias sobre su familia.

¡Vienen los rusos! Eran los rumores que se acrecentaban a cada instante, las mujeres por primera vez hablaron y Alicja escuchaba en las noches que los rusos estaban derrotando al ejército alemán y que los liberarían. Esa noche los rumores revivieron la esperanza de todos y el amotinamiento no se hizo esperar, un grupo de hombres se reveló contra sus captores e incendiaron las bodegas y la fábrica, se podían escuchar gritos, disparos y el crepitar de las llamas.

 

 

Al final de la noche los soldados alemanes controlaron el disturbio, 42 muertos y una bodega totalmente incendiada. En las primeras horas de la mañana, detrás de un barranco, 80 hombres fueron fusilados, acusados de haber iniciado la rebelión. Su padre y su hermano estaban entre ellos.

Alicja no lloró, sus lágrimas no brotaron de sus tristes ojos, pero su alma estaba destrozada. Ahrón intentó consolarla, pero era inútil. Aunque él era lo único que la hacía aferrarse a su realidad.

Aprovechando las primeras horas de caos después de los fusilamientos, Ahrón llevó a Alicja hasta las ruinas de una de las bodegas incendiadas, los soldados nazis corrían de un lado a otro. Empezaron a subir a la fuerza a todas las personas en camiones de carga, con rumbo desconocido.

Las tropas rusas habían quebrado la defensa alemana y estaban a un par de horas de allí, el final de la guerra estaba cerca. Ahrón sabía que si subían en aquellos camiones, no estarían vivos al anochecer, así que tomó la decisión de esconderse junto Alicja hasta que pudiesen salvarlos.

-¡Hör auf! – Dijo un soldado alemán al sorprender a Ahrón y Alicja entre los muros calcinados de la bodega.

-Bord des LKW- ordenó nuevamente el soldado mientras les apuntaba con
un fusil MP40.

Ahrón desconcertado subió los brazos hasta la cabeza en señal de rendición, Alicja lo imitó.

Cinco soldados alemanes subieron al camión, dos en la cabina y tres en la parte trasera para vigilar a los 15 prisioneros, entre ellos estaban Alicja y Ahrón. Después de 30 minutos de partir, el camión se detuvo; inmediatamente Ahrón agarró a uno de los soldados desarmándolo, varios hombres que iban en el camión hicieron lo mismo, en un par de segundos los soldados yacían en el suelo.

Los prisioneros salieron corriendo en todas direcciones, los dos soldados que iban adelante se percataron de lo sucedido y dispararon contra ellos, las ráfagas derribaron a muchos, algunos incluso no lograron salir del camión. Alicja y Ahrón corrieron por un campo despejado, al final se veía un enorme bosque, su única esperanza. Escuchaban cómo las balas impactaban en el suelo, justo a centímetros de sus pies o el zumbido de los proyectiles que pasaban por encima de sus cabezas; cada vez que miraban hacia atrás podían ver cómo caían muertos sus compañeros de fuga. Una de las balas impactó la pierna de Ahrón, derribándolo. Alicja se detuvo inmediatamente.

-¡Vete de aquí!- gritó Ahrón mientras se retorcía de dolor.

-No te voy a dejar- respondió Alicja mientras lloraba desesperadamente.
Los soldados alemanes se acercaban rápidamente.

– Yo ya estoy perdido, tú aun puedes salvarte- dijo Ahrón.

Alicja tomó la mano ensangrentada de Ahrón y sin querer soltarla se aferró a ella, este la fue soltando lentamente. Alicja corrió velozmente hacia el bosque. Cuando el primer árbol estaba cerca, se detuvo al sentirse ya segura, y al mirar hacia atrás pudo ver cómo los soldados nazis acribillaban a los heridos en el suelo. Ahrón estaba recostado sobre una roca, un soldado se dirigía en dirección a él, Alicja incapaz de ver esa escena, se internó en el bosque mientras los sonidos agudos de las ametralladoras retumbaban en sus oídos.

Sobre el autor Diego Alejandro Arias Alzate

Es un habitante de la ciudad de Medellín, originario de Yolombó, Antioquia. Estudiante de medicina.

Sobre la ilustradora Verónica Bermúdez Serna

Habitante del municipio de Itagüí. El arte siempre ha ocupado un lugar muy importante en mi vida, debido a que me ha permitido expresarme e interpretar el mundo, además en momentos de desesperación, me ha dado pistas sobre como seguir adelante.

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